sábado, 27 de diciembre de 2014

Historia del hospital de San Juan de Dios de Izúcar 1748

Reina Cruz Valdés

Introducción
EL objetivo de esta ponencia es empezar a reconstruir la historia del Hospital de San Juan de Dios de Izúcar. Ésta se encuentra ligada a la historia de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios; llegó a la Nueva España en el año de 1604. Esta orden de hermanos estaba dedicada a la atención de los enfermos, por ello en el Nuevo Mundo fundó una importante red de hospitales.

En Puebla se estableció en el año de 1626, en una pequeña capilla llamada de San Bernardo; esta orden se propagó en el obispado de Puebla en lo que hoy es nuestro estado; fundó cuatro hospitales en Atlixco en 1731, Tehuacán en 1744 y en Izúcar en 1748.

Fundación del hospital de Izúcar de Matamoros
No es aventurado pensar, que la cercanía con la ciudad de Atlixco y viendo la labor que ahí desarrollaban en aquellos tiempos los frailes de San Juan de Dios, haya sido un motivo para impulsar la idea de fundar un hospital en esta población; sin embargo, el principal motivo fueron las contínuas epidemias y enfermedades que sufrían los habitantes de estos lejanos lugares.

Esa fue la razón por la que se juntó un grupo de personas interesadas en emprender esta obra; se reunieron diversas opiniones de las repúblicas de indios de la región que albergaba a nueve curatos, con sus representantes, y un grupo de pudientes enviaron una carta al excelentísimo señor oidor Capitán General Don Juan Francisco Güemes y Horcasitas el 19 de marzo de 1748. En ella le pedían que se funde un hospital porque “los hijos de estas repúblicas presentan grandes necesidades en lo dilatado de esta provincia que se compone de nuevo curatos, no teniendo recurso en lo humano de sus dolencias porque carecen de medicinas y personas inteligentes habiéndose experimentado en varias epidemias el ningún consuelo de los miserables que se morían sin alimento… se le pide que funde el hospital con el capital que se ha juntado y se pide se mande a los religiosos de San Juan de Dios…”. La idea de fundar un hospital fue aprobada materialmente por las personas pudientes de ese partido, que a decir de ellos mismo era “una de las mayores de ese obispado”. El licenciado Don Carlos de Vergara, el presbítero comisario del Santo Tribunal Don Cayetano M del Pulgar, el administrador de las reales alcabalas, albaceas testamentarios y tenedores de bienes de Don Bernardo de Mora, R de Mora, Reverendo Padre Fray Joseph de Sn Miguel de la orden de San Agustín, el administrador del ingenio de San Nicolás Dn. Agustín de A. Mercader ,Peña, y las señoras Magdalena Pérez, Gertrudis de Torres, y Magdalena de Abrego todas ellas viudas, reunieron un capital de 8 mil pesos, que representaba mucho dinero para ese tiempo. Esto quedaba perfectamente especificado; en un contrato en donde: firman los varones, las viudas no, por no saber escribir.

Desde la misma petición de la fundación del hospital se advierte que éste debe ser administrado por la orden de San Juan de Dios seguramente por el reconocimiento de su obra por ese tiempo en la región (Atlixco).

El testimonio del capellán Don Domingo Antonio nos fice sobre las dolencias y vicisitudes de la población “es visto y sentido en mi corazón la gravísima necesidad que padecen estos pobres por no tener apelación a sus enfermedades los que en estos han crecido y tan generales que creímos quedarán doscientos (enfermos) o en despoblado por la muerte de tantos indios…”.

Otro testimonio de Fermín Joseph nos habla de la inopia y carencia de medios y medicinas… no sólo en la epidemia de los años anteriores sino en los presentes que se han experimentado hasta la mortandad, no sólo en los adultos indios y de razpón sino también en los pequeños…Para la fundación del hospital se consultó al clero secular, para saber si con la fundación sus derechos parroquiales no eran afectados, y dijeron que de ninguna manera ni las limosnas, ni los entierros ni las cofradías.

Ante tanta necesidad de un lugar que ayudase a remediar tantos males de la población se concedió la licencia por el señor obispo con la promesa del vecindario, de fabricar el convento hospital, dejando libres los ocho mil pesos que se dijo que con los réditos de ese dinero se podían mantener ocho camas y cuatro religiosos, y la manutención de los enfermos se haría con las limosnas del vecindario.

El cinco de Junio de ese año se concedió la licencia de fundación del hospital, apegado a la ley real en su capítulo séptimo donde se establecía no ser convento ya que esas las daba directamente el rey de España, también permitía que hubiera iglesia abierta, sagrario y una campana, los solicitantes pidieron que hubiese un padre que hable español y mexicano y que el número de religiosos no sea más de cuatro. En la licencia se recomendaba que los capitanes se concentraran en la compra de una sola finca para que ésta dejara sus rentas. Los padres de San Juan de Dios por su parte nombraron a Fray Blas de Sandoval para que tomara posesión en el sitio para el hospital, de los ocho mil pesos que había para efecto; además se le facultó para que solicitara la ejecución del material de la fábrica, de la enfermería e iglesia a todos los señores que así lo ofrecieron.

La toma de posesión se llevó a cabo el día seis de Agosto de dicho año; estuvieron presentes los reverendos padres: Prior, Cura y demás religiosos del Concento de Santo Domingo de la Población, el bachiller Don Tadeo Fernández de la Parroquia de Españoles, sus tenientes, vicarios, los principales vecinos, Don Bartolomé López Arias interprete, donatario del sitio donde se erigiría el anhelado hospital.

Ya reunido hicieron una ceremonia que consistió en recorrido: “Salieron de las casas reales acompañados de todas las personas de dicho común acompañados de banderas, caxas y clarines, llegaron al sitio que está al costado de la plaza que está en dichas casas reales, hacia el oriente en la primer esquina del dicho señor alcalde mayor y del alguacil mayor. Cogieron de las manos a dicho reverendo Fray Blas de Sandoval y dijeron que en nombre de su magestad sin perjuicio de tercera, daban y dieron dichos hermanos de la orden de San Juan de Dios y en su nombre hermandad posesión en aquel primer lindero colindante de las mismas casas reales… En un acto de posesión el reverendo padre arrancó hierbas, mudó piedras de un lugar a otro y de este citado lindero se hizo la misma ceremonia en la esquina que linda con la calle que viene del calvario hasta la orilla del río, siguieron para el oriente quedando la esquina real en la mediana del dicho sitio, se hizo lo mismo para el norte hasta dar la cuarta esquina regresando al lugar donde se originó la ceremonia quedando dicho sitio cuadrado y arreglado a la medida de los títulos de donación, la posesión la tomó quieta y pacíficamente sin alteración alguna…”.

Así fue como se inició la obra hospitalaria de los hermanos de San Juan de Dios quienes edificaron un modesto establecimiento con las limosnas de la población, pues el capital que había sido donado no estaba disponible, por esa razón el edificio fue de los más modestos y no lo suficientemente fuerte para resistir el paso del tiempo.

Para el año de 1770 según el informe del padre Fray Pedre Vélez el hospital se hallaba muy deteriorado, parte de sus celdas estaban caídas y la iglesia estaba a medio construir; no se terminó su edificación. Por la falta de obras pías, ya que las rentas que se tenían sólo llegaban a 140 pesos anuales. Las limosnas que recogían al año llegaban a 60 o 70 peso; el hospital era atendido por un religioso, el propio Martín Pérez Valdivieso, y se decía que existían otros dos más fuera de éste. En aquel momento el hospital contaba con 8 camas y atendía sólo a tres enfermos. Por otra parte el alguacil Mayor Don Ramón Rincón declaró que el hospital se presentaba en un estado deplorable; las celdas estaban caídas y las demás a punto de ruina; hasta dónde vive el superior estaba apuntalada; que en la iglesia no se trabajaba; el material que había se fue vendiendo; sólo cobraban algunas pequeñas rentas que les llamaba “principalitos” pero muy cortos ya que las propiedades que tenía el hospital estaban deterioradas; las camas con que contaba la enfermería estaban muy deterioradas.

Iglesia de San Jua de Dios. Foto: Archivo Izúcar 2014.
Era evidente que el hospital no se podía sostener porque no contaba con el apoyo de la iglesia secular; esta diferencia con el de Atlixco, institución que tenía el apoyo de la iglesia con el noveno y medio de los diezmos, los derechos parroquiales y bastas rentas, por ello podía ofrecer al enfermo una mayor atención. En Izúcar no era así, la pobreza se reflejaba en el cuidado de los enfermos, quienes en innumerables ocasiones fueron atendidos por un muchacho que se encontraba en el hospital y éste por su falta de conocimiento al respecto sólo se limitaba a untar al enfermo alguna medicina provocando con ello la desconfianza de éstos y las críticas de los vecinos, en otras ocasiones. Los enfermos ni siquiera eran recibidos en el nosocomio. A esa situación se le añadía la negligencia de algunos hermanos Juaninos, quienes en innumerables ocasiones llevaban una vida licenciosa y dilapidaría de los bienes del hospital; además de frecuentar los lugares prohibidos para ellos.

Por aquellos años fue trasladado el padre Prior Fray Juan Fernández quién fue el administrador de este hospital. Desde su llegada inició una obra importante de reconstrucción y buena organización del hospital, a él se debió la reedificación propiamente de la iglesia y la reconstrucción del hospital, además de tener un notable reconocimiento a su instrucción médica y quirúrgica.

Ante un eventual cambio de este fraile, en el año de 1784, los vecinos de Izúcar hicieron saber a las autoridades religiosas de la orden la obra del padre Fernández; reconocieron que durante su estancia, además de las mejoras materiales, que le hizo al edificio mejoró mucho a los enfermos que llegaron al hospital y a otros los atendía en sus casas sin pedir estipendio alguno; en tiempos de epidemias los alojaba en otros lugares y les proporcionaba medicamentos; además con las limosnas procuró dotar al hospital de bastante ropa a los enfermos; la falta de limosnas no impidió la atención de éstos, proporcionándola con su propio trabajo. Toda la argumentación hace hincapié en la falta que hace una persona preparada en la atención médica; él, que poseía esa cualidad, realmente resultó una persona de gran ayuda para el socorro y alivio de los pobres de esta población. El padre continúo con su labor; sin embargo, a pesar de este gran esfuerzo el hospital volvió a decaer. Para el año de 1792 este hospital sólo tenía dos hermanos; el edificio se encontraba en ruina; la enfermería tenía 18 camas dispuestas en dos filas encontradas, era la parte que daba al poniente y sólo un hermano estaba al cuidado de los enfermos.

La protesta de las autoridades se hizo sentir al ver que la orden no estaba cumpliendo con lo dispuesto; en  lugar de los cuatro hermanos sólo había uno y no mantenía el edificio. Para ello pidió un informe en el cual se establecía que el hospital sólo contaba con 120 pesos de réditos anuales de 2400 que se reconocían a su favor y tres casas en mal estado que rendía 8 pesos que algunos de los que dijeron iba a dar al final no cumplieron.

Ante tan deplorable situación del hospital, el padre Francisco de Zamacona pide permiso para desarrollar algunas actividades que permitan al hospital continuar su labor; propone desarrollar eventos como comedias y corridas de toros para reunir dinero y reconstruir el edificio. En ese año el citado fraile inicia una cruzada para rehabilitar el hospital; para ello se valió de la representación de comedias, rifas y corridas de toros.

Para la representación de las comedias el propio padre dice: “llamé a todos los vecinos… propuse se dividiera el pueblo en dos partidos y en cada uno de ellos se escogiese un sujeto de mover los ánimos de los demás a fin de que fuera juntando materiales como: piedra, cal, ladrillo, arena; para que el día de elección del nuevo director o ambos depositaran dichos efectos… con el fin de que esto sirviera como estímulo al nuevo que entrare”. Todo el pueblo participó entusiastamente con esta idea, no sólo los hombres sino y sobre todo las mujeres. Se nombró a una presidente que fue la que puso el ejemplo. La rifa consistía en 50 pesos. El boleto costaba medio real y el billete que saliera en primera suerte sería el premiado. Para conseguir la licencia de está rifa tuvieron que someterse a una investigación de las autoridades civiles; éstas querían saber en qué condiciones se encontraba el hospital para otorgarla, hecho que no hicieron. Las corridas de toros no se sabe si realmente se efectuaron o sólo quedó en proyecto.

La investigación arrojó que durante los años de 1775 a 1792 el pequeño hospital atendió a 3640 enfermos, de los cuales murieron 641. A parte contaba con 2160 pesos de rédito,  468 pesos de limosnas y 432 pesos de arrendamientos. El personal lo conformaba una cocinera y una ayudante, una atolera, un aguador, una lavandera y una colchonera para atender a los 200 enfermos que aproximadamente entraban por año en la enfermería. Se decía también que ésta estaba diseñada a la manera del hospital de San Pedro con una habitación de bóveda, en dónde se encontraban 15 camas. Para 1793 el hospital estaba sostenido con el dinero que provenía de la representación de comedias, evento que tuvo gran éxito en la población. Éstas se representaban valiéndose del estilo de las principales ciudades de la Nueva España. De las diferentes órdenes se hicieron los días de pascuas y días festivos por más de un año, con ello el hospital tuvo material durante 19 meses. En las funciones intervenían vecinos y vecinas del pueblo, se iniciaban a las 5 de la tarde y terminaban a las 8 de la noche, el teatro se improvisó en un corral contiguo a la enfermería, era a cielo descubierto y podían entrar hombres y mujeres por separado; las representaciones se hacían con una arpa y unas guitarras. Estas representaciones fueron duramente criticadas por los frailes del colegio de San Fernando de la misma población, la manzana de la discordia fue sin duda la licencia concedida para las representaciones teatrales.

Las limosnas y contribuciones de los devotos vecinos, la limosna del medio real que pagaban para asistir a las comedias era los arbitrios con que contaba el hospital y con el cual se pudo reedificar éste y su iglesia. La necesidad del hospital para ser subvencionado provocó la propuesta de los clérigos de subir impuestos y alcabalas: medio real a la entrada de los indios que llegasen al pueblo, un peso por barril de aguardiente, entre otros. Sugerencias que no fueron aceptadas por la complejidad que presentaban y finalmente se aprobó: recolección de limosnas, contribución del medio real de cada puesto de la plaza en un día de tianguis y de las tiendas. Con estas medidas mejoró su situación y desarrolló su actividad durante los primeros veinte años del siglo XIX. Al igual que todo los hospitales, con el nuevo Gobierno, emanado de la independencia en el año de 1821, éste pasó a manos de los Ayuntamientos Municipales; inicia así una nueva etapa de su historia.

Conclusión
El hospital de San Juan De Dios de Izúcar, nació con el deseo ferviente de remediar una situación que la población tenía en cuanto a la salud pública. Este hospital no tuvo la suerte de otros hospitales del obispado que fueron apoyados por las autoridades religiosas. Por esto su ejercicio hospitalario fue limitado; a pesar de ello, a finales del siglo XVII el hospital dio muestras de su efectividad y buena administración. Esta historia muestra en buena medida cómo el estado Español dejaba recaer el aspecto de la salud pública en las órdenes religiosas.

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